Altitud: 1.043 m.
Censo Habitantes: 42
Distancia de la capital: 160 Km.

Olmeda de Cobeta


 El lugar y sus gentes

Estamos por las tierras serranas de Buenafuente, por los altibajos boscosos que a cierta distancia de su cauce avecinan las sierras del Alto Tajo. El pueblo, Olmeda de Cobeta, asoma como a caballo por encima de un leve montículo al contraluz. La espadaña del campanario destaca en medio de los edificios que desde el arrabal se dominan alineados. El sol de la tarde cae sobre las piedras de la iglesia, sobre los tajados brillantes de las casas, sobre los campesinos que faenan en los huertos, sobre la tierra toda. A esas de la media tarde, cuando la primavera comienza a despertar, el campo en estos pueblos tiene algo de paraíso.
Media docena de detalles retengo en la memoria de la impresión que me produjo el pueblo en esta última visita. Y así doy fe de los cinco pilotes de piedra que sirven de remate al campanario; del curioso monumento que el pueblo tiene a la entrada, sencillo y romántico, donde una cruz de hierro se alza sobre su basamenta de piedra tosca, y que quiere parecerse a un pairón molinés o a una cruz de término, sin que sea lo uno ni lo otro; del sombrío pórtico sobre dos columnas que cubre la entrada de la iglesia; de la bajada en escalinata que conduce hacia la solanilla de los huertos, y de la gracia, por fin, del patio interior que guarda la casa del señor Rosendo, a la que se llega después de atravesar un arco de dovelas con más de dos siglos sobre sus piedras.
Una callejuela estrecha, que sube cruzando el pueblo hasta las inmediaciones de la iglesia por el ángulo lateral que mira a la vega, se llama Calle de San Jorge, según se dice en un azulejo antiquísimo pegado a la pared. San Jorge es el patrón de La Olmeda. Celebraron su fiesta el día que corresponde al santo según el calendario, es decir, el 23 de abril; pero por razones bien sabidas, comunes a todos los pueblos, se hubo de trasladar al centro del verano, y en este caso al último fin de semana del mes de julio.
Desde el mirador de la plaza el espectáculo que ofrece el campo a la caída es sencillamente provocador. Un pastor de ovejas cuida de su hato en el fondo del barranco, no lejos de un pilón abrevadero, quiero adivinar, que se esconde por allí perdido entre las sombras. Algo más allá se dejan ver las casillas abandonadas de cuando las eras, que por su porte, hechura y situación, debieron de servir en su día como pajares y almacén de aperos. Por casi todo el término, salpicando a menudo las laderas o los llanos inhóspitos
entorno. Quizás explotadas por los árabes también, tras la reconquista quedaron como pertenencia de los señores de Molina, los Lara, quienes las explotaron directamente. En siglos posteriores, fueron sus dueños, o al menos obtuvieron de ellas grandes beneficios, los Mendoza de Molina, condes de Priego. En el siglo XWII, el Estado ilustrado las reconstruyó totalmente, lo mismo que hizo con otras de la provincia (Imón, la Olmeda), y lo que hoy queda, todavía en explotación, es de la época de Carlos III. Se pueden admirar varios edificios, de fuertes muros de sillarejo con amplios atrios de vigamen de madera, pavimento de cantos, así como un curioso sistema de artesas y canales para su explotación del páramo, las sabinas; especie casi exclusiva, ahora testimonial de una buena parte de nuestras tierras frías.

La historia

Como su nombre indica, es un lugar de repoblación, ocupado en los años siguientes a la creación del Seño-río molinés, por gentes venidas del norte para poner en uso la riqueza pinariega y forestal de la zona, allá en el remoto siglo XII. Corrió las mismas vicisitudes históricas que Cobeta: tras su creación, perteneció a la mitra seguntina en el siglo XII. A finales del XIII, Dª Blanca de Molina lo entregó en señorío al Monasterio de Monjas cistercienses de Buenafuente del Sistal. En el siglo XW se inició el señorío sobre este pueblo de la familia de los Tovar, que lo adquirieron por usurpación a las monjas.

El patrimonio

De su caserío, breve y cuestudo, destaca en lo alto la iglesia parroquial, edificio construido hacia el siglo XVI con elementos arquitectónicos anteriores, sin detalles artísticos de relieve. En su interior, sencillos altares barrocos, y un gran cuadro en el que se representa el milagro de la aparición de la Virgen, en Arandilla, que es leyenda muy querida en los contornos.