| Altitud: 1.055 m. Censo Habitantes: 102 Distancia de la capital: 160 Km. |
Milmarcos |
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El lugar y sus gentes
El pueblo de Milmarcos es un histórico en las tierras de Molina, un pueblo importante. El fenómeno cruel de la despoblación, que atacó con fuerza sobre toda Castilla en la década de los sesenta, dejó en cuadro a una buena parte de los pueblos de Molina, y Milmarcos, que en otro tiempo llegó a contar con cerca de dos mil personas, fue uno de ellos. A pesar de todo, ahí está para descubrirlo, para leer en el expresivo texto de sus casonas y de sus calles el mensaje íntegro de lo que antes fue, sin que se precise emplear para ello los recursos de la imaginación; pues, sabido es, que cuando uno se empeña en escucharlas, hablan las piedras.
El cúmulo de motivos interesantes con los que el pueblo habrá de colmar los deseos de quienes hasta él se acercan por primera vez, se abre con la sorpresa de una ermita románica, perdida en el declive entre las sabinas, poco antes de llegar a él. Se trata de la ermita de Santa Catalina, iglesia que fue del desaparecido lugar de Torralbilla, y hoy incorporada al municipio de Hinojosa. Luego, poco más adelante, curvas y campos de labor por medio, el pueblo de Milmarcos, uno más de los que infunden respeto en el ánimo del viajero apenas se entra en él.
La magnificencia del pueblo de Milmarcos se pone de manifiesto en el instante mismo en que se descubre su Plaza Mayor, a la sombra de la monumental iglesia renacentista, y los troncos muertos de los olmos como testigos que cobijaron bajo su sombra tres siglos de la historia de la villa, y la gracia simpar de una fuente, también centenaria, motivo ornamental que realza la estampa del arqueado ayuntamiento, presidiéndolo todo desde el otro extremo de la plaza. Sobre los sillares de la iglesia queda constancia escrita de cuando se plantó uno de los olmos: en el año 1646, y se escimó en 1746, cien años más tarde. El otro olmo era más joven, siglo y medio debia de haber cumplido cuando el mal acabo con él.
Los más viejos del lugar, y los no tanto, hablan y no acaban del Milmarcos que conocieron cuando sus años jóvenes. Un pueblo con mercado de ganados y hortalizas todos los miércoles, al que acudian a comerciar gentes de Aragón y de Castilla, y dos ferias, una el 3 de mayo y otra el 11 de noviembre, y zapaterías, y sastrerías, tiendas de todas clases, y un teatro que no lo había en Molina.
Pero en Milmarcos no lo es todo la Plaza Mayor. Cuando se sube o se baja, que eso es al fin andar por las calles del pueblo, uno se va encontrando con plazuelas evocadoras y pintorescos rincones en el barrio alto. El origen de lo que más tarde sería la villa de Milmarcos pudiera estar ahí, en el barrio de la Piñuela, donde viene a caer, escueta y limpia, la Plaza de San Antonio; o en la Muela, sobre otro altillo gemelo al anterior. En la Plaza de la Muela estuvo el teatro que en otro tiempo dio fama a Milmarcos, y la ermita de la Antigua, cuya imagen, antigua también como su advocación, suele presidir en solitario la hornacina de su retablo.
En la Travesía de la Muela luce sus formas marcadas sobre la piedra el escudo de la Inquisición. La calle Oscura es hoy una de las más luminosas de Milmarcos, una calle en cuesta, de paredes blancas y recortados aleros que nos devuelve en un instante a la Plaza Mayor.
Se pasa ahora por delante de una casa enorme, un palacete del XVIII conservado magníficamente. Perteneció esta casona a la familia de los García Herrero, y es aún, a pesar de los siglos, la gala de Milmarcos y la mejor muestra de la arquitectura señorial molinesa. Las buenas gentes del lugar se emocionan cuando llegan a la ermita del Nazareno. Esta ermita se aparta con mucho del concepto general de las ermitas castellanas. Es un edificio grandioso, cuidado con celo, del que sólo he alcanzado a ver en su interior un retablo lujosísimo, bien dorado, y la imagen de Jesús con la cruz acuestas difuminada en las sombras, bajo una cúpula versallesca de oros y relieves en fondo blanco.
-Dica el vale del calmarza, que fila navega más gallarda.
Ese era el regalo final de un hombre de Milmarcos. Antiguamente, los hombres de Milmarcos y sus vecinos los de Fuentelsaz recorrían los pueblos de Castilla y de Aragón esquilando ovejas. Hablaban en «migaña» para que no los entendieran los amos. «Mira el del periódico, qué cara más buena tiene». Ha dicho al salir.
LA HISTORIA
El origen de Milmarcos es muy antiguo. Estuvo situado en pleno territorio de la Celtiberia, por lo que no sería raro que ya en su actual emplazamiento hubiera habido algún castro o poblado de esta cultura. Su nombre es de ascendencia latina, por lo que parece evidente achacar a romanos su fundación.
Tras la reconquista de los valles del Ebro, Jalón y Jiloca, por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, a comienzos del siglo XII, Milmarcos figura como perteneciente al Común de Villa y Tierra de Calatayud desde el año 1122. Poco después, tras la reconquista de Molina por este mismo rey, en 1129, y su consecutiva entrega a D. Manrique de Lara, cortesano castellano que creó el Señorío y Común de Villa y Tierra de Molina, el lugar de Milmarcos quedó incluido en este territorio, según lo demuestra ya el Fuero molinés promulgado en 1154. Siguió durante los siglos de la Edad Media las comunes vicisitudes históricas del Señorío de Molina, adquiriendo la titulación de Villa ya en tiempos modernos. Siglos después, la villa de Milmarcos quedaría incluida en la efímera provincia de Calatayud (formada en 1821) de la que fue cabeza de partido judicial. Poco después, y tras la disolución de la organización territorial nacida del trienio liberal, pasó nuevamente al territorio histórico molinés, quedando definitivamente en la provincia de Guadalajara desde la reforma deJavier de Burgos en 1833. Después seguiría siendo, como lo fue en siglos anteriores, un centro comercial importante, ruta señalada entre Aragón y Castilla, feria grande de la ganadería serrana. Dos de esas ferias se celebraban al año: una para mayo (fiesta de la Cruz) y otra para noviembre. A comienzos de este siglo, llegaron a reunirse en una de estas celebraciones más de 63.000 cabezas de ganado. También tenía mercado semanal, teatro en los inviernos, cafés modernos... luego vino la emigración dura, y su progresiva disminución poblacional.
El patrimonio
En Milmarcos debe el visitante admirar, en su gran plaza Mayor, dos magníficos olmos concejiles, -varias veces centenarios, pues se plantaron en 1646- que con sus ramas cubren casonas, ayuntamiento e iglesia.
La iglesia está dedicada a San Juan Bautista, y es obra renacentista, iniciada en el siglo XVI y acabada en 1627. En el exterior aparece una espadaña-torre de horizontal remate, sobre el costado de poniente. La portada principal está orientada al mediodía, se abre a la plaza Mayor del pueblo, y se estructura mediante severas y elegantes trazas geométricas renacentistas. El interior es de una sola nave, formada por varios tramos, con pilastras laterales sobre pedestales. Diversas obras de arte se distribuyen por su interior: algunos retablos renacentistas y barrocos, de esculturas y pinturas.
La pieza artística más relevante de este templo es su altar mayor, formado por un gran retablo manierista de tallas, realizado entre 1636-1640 por diversos artistas de Calatayud:Juan Arnal, Francisco del Condado y Pedro Virto con Antonio Bastida. Se forma este retablo, que mide 9 metros de alto por 8 de ancho, de tres calles en vertical; un banco, un piso y un ático en horizontal.
Es también destacable, como edificio religioso, la ermita de Jesús Nazareno, a un extremo del pueblo, construida en 1747 a instancias de D. Pascual Herreros. Es de planta rectangular, con nave única de varios tramos y portada sencilla orientada a levante. El presbiterio es circular, rematado en una gran bóveda semiesférica cuajada de adornos barrocos, mascarones, pinturas y acaba el exorno de sus muros con diversos altares, todos barrocos, entre los que destaca el central, con figura de Cristo Nazareno. En lo alto del pueblo también se conserva en buenas condiciones la ermita de la Virgen de la Muela, que goza de la tradición local de ser antiquísimo edificio, raíz ancestral del pueblo. Se trata de un edificio del siglo XVII, con puerta principal a poniente, formada de sencillas molduras, y sobre ella una espadaña.
En cuanto a edificios civiles, posee Milmarcos una interesante serie: en la misma plaza de la Muela, puede verse el teatro Zorrilla, cuyos muros bajos se forman de sillarejo y la parte alta de tapial. Es de planta rectangular, y en el interior, hoy en mal estado, muestra un patio de butacas, palcos laterales, gran escenario con embocadura cubierta por maderas pintadas y un gran telón con anuncios de los años treinta. Son también muchas e interesantes las casonas de tipo molinés. De entre ellas destacan la casona de los López Montenegro, en un ángulo de la plaza Mayor, con gran arco semicircular adovelado, escudo de armas de la familia, rejas extraordinarias de hierro forjado, y un interior en el que destaca el arranque de la escalera. También deben mencionarse la casa de los Angulo, llamada «posada vieja» con vanos de sillería y escudo; la portada de la casa de los López Olivas; la casa de los López-Celada Badiola en la plaza de la Muela; la casa de la Inquisición, de la que sólo queda la portada de buen sillar tallado, y el escudo del Santo Oficio. Finalmente, destaca entre todas la casa-palacio de los García Herreros, obra magnífica de la arquitectura civil molinesa del siglo XVIII. La fachada es de tres cuerpos, de buen sillar, tallado con gusto y mesura.
En la plaza Mayor merece contemplarse el Ayuntamiento, que fue erigido en 1679 por orden del rey Carlos II: una gran arquería en la planta baja, y una galería abierta en la alta forman un edificio «con cornisa». Delante, la gran frente, de fines del siglo XIX, con gran pilar central rematado en pirámide.

