Altitud: 1.129,5 m.
Censo Habitantes: 156
Distancia de la capital: 144 Km.

Fuentelsaz

 


 El lugar y sus gentes

 Por estas fechas andan de arreglos en la carretera de Molina a Calatayud a su paso por Milmarcos. El ramal que parte desde la carretera en obras hasta Fuentelsaz queda próximo. Guadalajara y Castilla se funden con Aragón en estas latitudes revestidas con el ropaje rudo, pedregoso, frío, de las parameras; y uno, que siente devoción por estos campos inhóspitos, pasa lento, comiéndose desde las ventanillas del automóvil la soledad con los ojos, sintiendo golpear en su alma, cansada de tanto viajar, el estruendo de todo aquel silencio, respirando el aroma sin olor de los aliagares, de las marañas, de los tomillos que crecen entre los cantos del cerro baldio.

No me he cruzado con vehículo alguno en el corto tramo de carretera estrecha que lleva al pueblo. Algún grupito de señoras andarinas por el estrecho arcén fueron los únicos usuarios de la calzada en aquel instante preciso. Los restos del viejo castillo de Fuentelsaz en la cima del rudo montículo a mano derecha, y las tierras en abierta panorámica de la provincia de Zaragoza a mano izquierda, son, como siempre, el natural recibidor cuando se viene a este nobilísimo lugar del Alto Señorío Molinés. Un pueblo distinto, de recias casonas de piedra antigua y de evocadores escudos de armas, cuna que fue de personalidades ilustres cuyo recuerdo todavía perdura.

Ando pueblo abajo, sin dejar el vehículo aparcado en cualquier sombra como sería lo correcto, hasta la placetuela en cuesta donde está la iglesia, para tomar algunas fotos de los escasos vítores que bajo el alero de la parroquial de San Pedro Apóstol aún se conservan. Fuezon dieciocho, calculo yo, a la vista de los espacios libres, los vítores inscritos sobre el muro y de los cuales, completos, tan sólo quedan cuatro. Se trata de textos antiguos, puestos públicamente al conocimiento de la gente en el lugar más visible, a honra de sus hijos ilustres que se graduaron en su día y se distinguieron en el mundo del saber, de las artes o de la clerecía, y de los que hay constancia en viejos edificios famosos, como ahora quiero recordar sobre la fachada de la catedral vieja de Salamanca, en la iglesia de Priego, y en ésta de Fuentelsaz, donde los textos son más completos y explícitos; casi todos ellos referentes a personajes de la primera mitad del siglo XVII. Sería conveniente dar un paseo con la imaginación por el viejo Fuentelsaz; por el que vivieron en sus años de juventud los cuatro ancianos que andan por allí, y que sirven de contrapunto con su presencia a esa media docena de chiquillos que acabo de ver en una placeta, jugando a la sombra de una acacia. Durante la primera mitad del siglo en el que estamos, en Fuentelsaz se vivía en buena parte de la ganadería y de los quehaceres derivados de la misma. Las gentes de Fuentelsaz fueron por vocación y por historia muy emprendedores, gentes viajeras, de hábiles y de largos vuelos. Los antiguos se dedicaban en una mayoría inmensa al esquileo y a los trabajos que por entonces se llevaban a cabo en torno a la lana. Los esquiladores de Fuentelsaz, lo mismo que sus vecinos los de Milmarcos, gozaron de justa fama en casi toda Castilla y en parte del reino de Aragón. Durante las épocas de descanso -otoños e inviernos, sobre todo- se tejía lana, se confeccionaban mantas, cobertores, y otros ropajes de abrigo que duraban siglos.

En sus largas temporadas lejos del hogar, los esquiladores de Fuentelsaz, como los de Milmarcos, hablaban en «migaña», una jerga que sólo ellos sabían interpretar y que les permitía decir chanzas y secretos a veces inaudibles teniendo a los interesados (victimas) delante.

Aunque las fechas que cada pueblo dedicó desde antiguo a su fiesta patronal ha variado casi en todos, acomodándolas a las posibilidades de los que viven fuera, conviene decir que las de Fuentelsaz son el 17 de mayo en honor a San Pascual Bailón, un santo de aquellas tierras que cuenta con la veneración y el cariño de gran parte de los altomolineses. El día 8 de mayo se suele hacer romería hasta la ermita de San Miguel, ahora en coche o a pie, a falta de las caballerías que para todo uso tuvieron nuestros antecesores.

Estamos en otoño; los efectos de la emigración se hacen notar por estos pueblos en los días de diario y en los fines de semana cuando la climatología invita a quedarse en casa. Fuentelsaz, sólo y apartado, fronterizo entre dos reinos que marcaron en otro tiempo el ritmo vital del país, se adormece en penumbra al caer la tarde.

 

La historia

El estratégico emplazamiento de Fuentelsaz, en la misma raya de Aragón, hace pensar que fue ya habitación de los hombres primitivos, que en castros elevados, cercanos a ríos, ponían su casa y su defensa. También refieren las tradiciones locales que por este término cruzó Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en sus varios caminares entre Castilla y Valencia. Han quedado así algunos enclaves que le recuerdan: la Fuente del Cid, la Cabeza del Cid, etc. Pero el nombre de Fuentelsaz no comienza a sonar hasta la constitución del Señorío de Molina, bajo la dirección de Manrique de Lara, en 1129. En esa época se debió repoblar, y allí pondría su primer señor, o alguno de sus descendientes, un fortísimo castillo para defensa del territorio. Este castillo le daría al pueblo de Fuentelsaz su historia, pues repetidas veces aparece su nombre en las viejas crónicas medievales: en el siglo XIV, desde él partió Pedro I «el Cruel» de Castilla en dura guerra contra Aragón. Poco después, en la misma centuria, este último reino conquistó el castillo de Fuentelsaz. Cuando todo el Común de Molina se levantó en armas contra Beltrán Duguesclin, que lo había recibido en señorío de Enrique II de Castilla, Fuentelsaz se resistió pero finalmente se entregó también al rey de Aragón. También en el siglo XV, cuando las guerras de Juan II con sus primos los navarros, Fuentelsaz y su castillo jugaron, por su carácter fronterizo, un papel crucial. Finalmente, en el siglo XIX, y en el transcurso de la primera de las guerras civiles o «carlistas», fue dinamitado y hundido el viejo castillo.

Hoy sólo queda de él una mínima expresión de muros bajos. Los antiguos cronistas dicen que esta fortaleza era de las más relevantes de Molina, de gran altura, numerosas torres, fuertes pertrechos y defensas. Merece la pena ascender a lo alto del cerro donde quedan las ruinas del castillo para evocar su pasada grandeza y admirar un magnífico panorama.

El patrimonio

Es de interés visitar la iglesia parroquial que muestra restos del estilo románico en su ábside, pequeño y de planta semicircular, con algunos canecillos que se forman de curiosas representaciones zoomórficas. El resto del edificio es obra del siglo XVI en adelante. Tiene pesada espadaña-torre sobre el muro de poniente, y al norte muestra su puerta, destacando sobre el muro de la entrada una larga serie de carteles esgrafiados con vítores y biografias resumidas de algunos notables hijos del pueblo. El interior es muy sencillo, de tres naves: se ven algunos retablos barrocos, y buenas tallas. Entre sus capillas, destaca la fundada por D. Juan Domínguez, fundador a su vez del Colegio de San Martín de Sigüenza. Por el pueblo se ven distribuidas varias casonas de traza típicamente molinesa. Destacan entre ellas la que llaman palacio del obispo, del que hoy ya sólo quedan los muros, y sobre la puerta un gran escudo episcopal tallado. Fue levantada en el siglo XVIII por D. Francisco Angulo Celada, natural de Fuentelsaz, que alcanzó a ser obispo de Murcia. La casa-palacio de los Gálvez, de planta cuadrada, obra también del siglo XVIII, muestra en su frente un portalón adintelado con detalles y molduras de tipo barroco. Encima hay un balcón con la misma decoración, y aún arriba un magnífico escudo de armas. También posee este palacio sus rejas originales. Otras casonas de estilo molinés con las de los Ibáñez, Ruiz y Mencía, linajes de rancio abolengo en el pueblo. Debe mencionarse, por fin, la fuente pública barroca, con gran tazón central rematado por pináculo de talla ostentosa.

 

Personajes

Hay una vieja leyenda en el pueblo que merece ser anotada: dicen que en su origen este lugar no tenía más habitantes que los prisioneros que tenían en su castillo, que vivían en unas casas junto a la fortaleza, al lado de una fuente que dio después nombre al pueblo. De estos soldados prisioneros sólo quedaron cuatro, y estos dieron origen a los linajes del lugar: Gálvez, Ibáñez, Ruiz y Mencía. Bajaron a instalarse a sitio más cómodo, y para poder formar Concejo tuvieron que traer a un vecino de Campillo de Aragón, dando así origen a esta localidad en la que nacieron muy ilustres personalidades de la vida española. Merecen ser recordados el doctor Pedro Ruiz, colegial del Mayor de Santa Cruz de Valladolid, catedrático de Vísperas en aquella Universidad; D. Pedro Gálvez, también colegial y catedrático en la misma universidad, que llegó a mediados del siglo XVII a un alto cargo en México así como a consejero del Supremo de Indias; el doctor Juan Ibáñez catedrático de Artes en la Universidad de Alcalá; el doctor Francisco Ruiz Torrubiano, también catedrático de lo mismo en la misma escuela; D. Pedro Gálvez López Torrubiano, que alcanzó el obispado de Zamora. Y así muchos otros, buena prueba de la valía de sus hombres.