| Altitud: 1.219 m. Censo Habitantes: 17 Distancia de la capital: 138 Km. |
Fuembellida |
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El lugar y sus gentes
El camino a Fuembellida se hizo
para andarlo con lentitud, primero por tratarse de una cinta de
asfalto estrecha y enrevesada, y además porque el paisaje invita
a la contemplación. Tierras de labrantío en los llanos, sabinar
en las laderas y en las cumbres, peñascos grises cuando no, nos
sitúan al instante en las orillas del pueblo. Fuembellida
(fuente hermosa) aparecerá como extendido al sol bajo los cortes
rocosos del Cerro de la Cabeza.
El pueblo se precede de un valle profundo al que llaman Barranco
de las Huertas; un valle en el que suda el campesino, pace de
buena mañana la res solitaria, y se alinean los montones
oscuros, todos iguales, del estiércol que habrá que extender
sobre las tierras. Los chopos afilados cubren carrera barranco
abajo, acercándose hacia los cauces del río Bullones. El rumor
de la chorrera se siente de continuo. El pueblecito, con su plaza
limpia y su ayuntamiento nuevo, y sus viejas casillas de pajar
extendidas en la falda de los cerros, se ofrece al mediodía como
balcón por encima de la vega.
Los jilgueros cantan escondidos entre las ramas de un espino. En
Fuembellida hay muchos jilgueros, bandadas de jilgueros, quizás
por la abundancia de agua y el frescor de las huertas. Por el
cerro de la Pedriza pintan las aliagas y perfuman los tomillos de
tres o cuatro especies diferentes. La Pedriza es un cerro
escabroso que libra al pueblo de los vientos solanos.
La fuente es la novedad de Fuembellida. Queda como fondo a una
calle que sube desde la plaza. Los chorros de la frente -creo que
cinco- surgen a borbotones al pie de una casilla que cubre al
pozo. Luego las aguas, todo un arroyo, bajan canalizadas pueblo
abajo hasta perderse en la chorrera. Ni siquiera los mas viejos
del lugar recuerdan que les haya faltado el agua, aun en los
años de sequía.
La iglesia parroquial de San Román, con su portalejo previo, es
de las más humildes que uno pueda imaginar. Tienen por patrón a
San Acacio, cuya fiesta mayor celebra el pueblo el día 22 de
agosto. La imagen centenaria del Patrón de Fuembellida preside
el retablo mayor, revestido con banda y sombrero tricornio, un
poco al estilo de los aventureros ingleses del siglo XVIII.
El número total de habitantes es exiguo. Son cuatro de ellos a
fin de cuentas. Aunque tan escondido como está, tuvo Fuembellida
su importancia en tiempo pasado como productor de hortalizas,
famosas por su abundancia y calidad en toda la comarca.
Hoy el pueblo se afana por sobrevivir. Los oriundos han arreglado
sus casas; algunos las han preferido levantar de nueva planta.
Permanece inalterable, eso sí, la grandiosidad agreste de su
entorno, el paisaje afortunado del que gozan, sobre todo en
verano y primavera, quienes prefieren el pueblo para vivir.
La historia
De la abundante y magnífica fuente de su término tomó el nombre, en época de la repoblación, este pueblo mínimo, que ha reconocido siempre en su historia las huellas del Señorío molinés en el que asienta, no habiendo ocurrido en su término otros sucesos de nota.
El patrimonio
El caserío de Fuembellida se
coloca, como en un difícil equilibrio, sobre un alto y rocoso
valle que se desprende con violencia, entre bosques y pedregales,
hacia el Bullones. Muchas casas están ya hundidas, y hay otras
que muestran en toda su pureza el estilo sencillo y popular de la
arquitectura rural molinesa.
Su iglesia parroquial, en el centro del caserío, no presenta
elemento ninguno de rango artístico. Todo en el lugar es
sencillez, espontaneidad, vida rural auténtica que, sin embargo,
va desapareciendo. El término es abundoso de paisajes solitarios
y encantadores, que merecen ser recorridos, especialmente los que
forman la orilla derecha del río que crea en su torno esa
maravilla de la Naturaleza que es el «Alto Tajo», y que en este
término son aún más salvajes y desconocidos.
Carretera de Molina
Iglesia
Fuente Bella