| Altitud:
1.260
m. Censo Habitantes: 189 Distancia de la capital: 156 Km. |
El Pobo de Dueñas |
![]() |
El lugar y sus gentes
Queda este pueblo de la antigua sexma de El Pedregal en el cruce de caminos de las carreteras de Monreal del Campo, al otro lado de Molina, con la que baja desde La Yunta hacia Setiles y Alustante en dirección sur. Como signo de distinción en lo que a tránsito de vehículos se refiere, hay junto al cruce de carreteras una estación de servicio de gasolina y un pequeño restaurante. No lejos se advierten los altos de Sierra Menera, con aquellas tremendas laderucas de piedra removida que dejaron las máquinas de la extinta mina de hierro.
A El Pobo se entra junto a la ermita de la Virgen del Campo que en 1735 mandó construir en aquel sitio doña María Manrique. Se sigue en recto ramal bordeando las eras y los pajares de guardar aperos, para entrar después en el corazón del pueblo por el juego de pelota. Es un pueblo en el que muchas de las viviendas antañonas hablan de lo que antes fue, de su indudable importancia como enclave de la sexma; y así podemos saber que en 1850 mantenía una población de 325 almas, en 1950 los habitantes del pueblo casi se habían multiplicado por dos, y en la actualidad se ha visto mermado hasta pocos más de cien, como consecuencia del éxodo de los años sesenta y de la brutal sacudida demográfica que viene sufriendo nuestro país durante las últimas décadas. A pesar de todo, en los fines de semana nunca faltan niños que jueguen por allí.
- Tienes acento aragonés ¿Te has dado cuenta?
- Claro; porque yo vivo en Zaragoza: Mi abuelo vive aquí y también lo tiene.
El nombre «pobo» es de procedencia árabe y significa álamo en román paladino. Son muy escasos los árboles que se ven dentro y fuera del pueblo; de manera que, o tanto han cambiado las cosas o el nombre de El Pobo, el álamo, parece una contradicción, siempre y cuando el topónimo venga por ahí, tarea de pura investigación en la que no entro. Los campos de alrededor son señeros por diversos acontecimientos que en ellos tuvieron lugar en tiempos de la francesada, y postenormente cuando las guerras carlistas, siendo el pueblo, además, lugar de nacimiento de algunos personajes importantes, de esos muchos que llenan el nomenclátor de celebridades molinesas.
A las gentes de El Pobo les dicen paletos por mal nombre, y no en sentido peyorativo, pues no lo son, o por lo menos no lo son más ni menos que los habitantes de los demás pueblos vecinos, ni tienen por qué serlo. Se debe el molesto apelativo a que allá por la Baja Edad Media, cuando los oscuros años de la repoblación del país por los reyes de Castilla, parece ser que llevaron al pueblo un nutrido grupo de cristianos procedentes de otros lugares de la España mora para que trabajaran la tierra. Les daban como estipendio anual por su trabajo una renta verdaderamente mísera: un cordero, un vellón de lana, un jarro de miel, y una palada de trigo por cada parva que se trillaba en la era. De ahí precisamente, de la dichosa palada de trigo, cuentan sus vecinos que les viene el apodo. Leyenda sin otro apoyo y rigor que el de la simple tradición oral que, cuando menos, es parte de ese conjunto de páginas pintorescas del gran libro de historietas y costumbres de esta tierra, que de tanto provecho sería el conocer.
Las buenas gentes de El Pobo se sientan a conversar a la sombra en las aceras. Calle adelante me llego hasta la escalinata que sube al atrio de la iglesia. Las mujeres miran con recelo al desconocido que se acerca hasta la puerta de la iglesia. La portada del templo es de las más sencillas, de las mejor conservadas y de las más bellas que nos quedan del legado arquitectónico del siglo XVI. En la construcción de la iglesia emplearon los canteros una piedra arenisca de color oscuro fácilmente moldeable, capaz de atravesar el túnel de los siglos sin que se note apenas el efecto nocivo de la antiguedad. Por dentro es una iglesia limpia, muy limpia; cuidada, muy cuidada. En una de las medias naves laterales a modo de crucero está el enterramiento del obispo don García Gil de Manrique; detalle destacable dentro de una iglesia pueblerina que no debiera pasar desapercibido entre nuestra riqueza monumental de enterramientos famosos; pues, si no es comparable con el Doncel de Siguenza, con el Dorado de Jirueque o con el don Rodrigo Campuzano de la iglesia de San Nicolás de Guadalajara, sí que debe contar por el mérito de su escultura yacente, entre los más importantes que se alistan en nuestro patrimonio, y que no son pocos.
En El Pobo se reza a la Virgen del Campo y al Santísimo Cristo de la Salud, con fiestas patronales trasladadas a finales de agosto, cuando los de fuera acuden y ponen con ellas término a sus vacaciones. Los que aquí están, y los que vendrán en su momento, las esperan con impaciencia; tiempo de solaz en el que las familias se reunen, y en El Pobo, la familia es, por suerte para ellos, una institución con mucho peso.
La historia
Se encuentra El Pobo en la zona más árida y alta de la paramera molinesa, ya en la sexma del Pedregal, rompiendo la línea rofiza de sus tejados la monotonía parda del paisaje. Creció en la época de la repoblación del Señorío, allá por la primera mitad del siglo SII, y perteneció de modo total al Común de Villa y Tierra, hasta que a finales del siglo XIII, la quinta señora, Da Blanca de Molina, cedió este lugar, según manda en su testamento, a Fernán Sánchez, caballero de su corte. Cambió pronto de dueño, y pasó a ser de Iñigo López de Orozco, gran magnate en el reinado de Pedro I el Cruel; para luego ir a parar a propiedad de D. Pedro González de Mendoza, quien en 1380 lo señalaba como incluido en su mayorazgo, junto a Guisema, la Serna, Mochales y otros lugares de Molina. De este modo, pasó a su heredero Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla, y de él a su hijo Iñigo Hurtado, iniciador de la rama de los Mendoza de Molina.
Durante una temporada, ostentó el señorío de El Pobo D. Juan Ruiz de Molina o de los Quemadales, el «caballero rojo», quien argumentaba haberlo adquirido por compra a los Mendoza, no lo consideró legal y tomó el pueblo por las armas. Ello conllevó largos y sonoros pleitos, que pasaron ante los tribunales reales, entre los Mendoza molineses y los Ruiz de Molina. Después de varias escaramuzas jurídicas y guerreras, el problema quedó zanjado en 1488, en que pasó definitivamente a ser del Señorío de Molina, esto es, del Rey de Castilla, quedando sólo un pequeño impuesto o «martiniega» en beneficio de los Ruiz. Luego llegó la paz.
El patrimonio
En el término municipal de El Pobo de Dueñas, merece verse en el lugar de la Herreruela, una torre vigía ya muy desmochada, resto de antigua fortaleza fronteriza. En el pueblo, destacan, además de algunos ejemplares de arquitectura popular de la zona, diversas casonas molinesas con cierta raigambre y presencia arquitectónica. Es de destacar el antiguo caserón de los Manrique, con portón semicircular adovelado sobre el que campea el escudo de dicha familia. Es deinterés una fuente pública situada a la salida del pueblo, en el camino de Setiles.
La iglesia parroquial es obra de los siglos XVI y siguientes. Destaca en ella la portada, sencilla, de arco semicircular con arquivoltas, decoradas por rosetas y bolas, en un estilo arcaizante. Tiene su interior tres amplias naves cubiertas por interesante artesonado, y en el lado de la epístola, en el crucero, se encuentra el magnífico enterramiento de D. García Gil Manrique, personaje molinos, oriundo de este pueblo, que alcanzó los obispados de Gerona y Barcelona, y el cargo de Virrey de Cataluña, en la segunda mitad del siglo XVII. Muestra una regular talla de su cuerpo yacente, con policromía posterior sobre la piedra, y escudo de armas.
En las afueras del pueblo, luce su elegancia barroca la ermita de Na Sra del Campo, construida en 1735 a expensas de Dª María Manrique.

