| Altitud: 1.214 m. Censo Habitantes: 58 Distancia de la capital: 145 Km. |
Castellar de la Muela |
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El lugar y sus gentes
Son muy pocas, ciertamente, las personas que de manera continua quedan en Castellar de la Muela; y a fe que se trata de uno de los pueblos más evocadores y más bellos que, a pesar de su pequeñez o tal vez por ella, uno pueda encontrarse a lo largo y ancho de las tierras de la Provincia, aun siendo muchas las posibilidades donde elegir. Los nombres del señor Simón, del señor Felipe, del señor Guillermo, del señor Quintín y de la señora Clementa, quedan para guardarlos en el arcón de los buenos recuerdos, y el viajero, que se considera amigo y un poco en deuda con todos ellos, así lo hace.
Castellar es pueblo de carretera y viene a caer poco más allá de Molina de viaje hacia Teruel. Debió tener hasta su pequeña venta al lado del camino. Está situado sobre una muela de piedra oscura que le da nombre, en donde las gentes del pueblo dicen que hubo un castillo cuyas piedras se fueron bajando, poco a poco, cuando se construyó la iglesia. Tiene una plaza hermosa, y casi todas las calles están en cuesta. La imagen en conjunto de las portonas adoveladas, de los arcos de piedra de la plaza, es de esas que la retina fija en la memoria para siempre. La iglesia del pueblo alza su esbelto torreón a cuatro pasos de la plaza. En Castellar, como un cogollo recogido encima de las penas, todo queda a mano. Es cuestión de subir o bajar unos cuantos metros más de calle pina. A cierta distancia, la perspectiva permite ver cómo los muros y los contrafuertes de la iglesia son de piedra arenisca labrada, rojiza y blanca. Desde el pretil quedan a la vista las tierras bajas de la Fuente, y los campos erizados del Chavite al otro lado del vallejo orientados al norte, con el lavadero, las alamedas, las naves del ganado y las dilatadas superficies de rebollar y de encinas. Más lejos, mucho más lejos, recortando el horizonte en curioso juego de contrastes con el nubarrón gris que a veces los confunde, se alcanzan a ver los picachos irregulares y oscuros de la Sierra de Caldereros, a modo de espinazo agreste que divide en dos las tierras de Molina.
El edificio del ayuntamiento está en un lateral de la plaza. Posee una portona de sillería en semicírculo, y sobre el medio punto una alegoría piadosa esculpida en una piedra de gran tamaño. En la cara opuesta de la plaza alza el complejo parroquial sus dos veletas, la de la torre y la de la cúpula, precedido por un arco se arenisca que se sostiene al aire, muy decorativo. El conjunto resulta francamente hermoso.
Dentro de la iglesia hay, entre otros muchos detalles admirables -y un poco olvidados-, un retablo barroco con una añosa imagen de la Inmaculada Concepción que lo preside; unos lienzos de la Dolorosa y del Ecce-Homo de autor desconocido pero que recuerdan, sobre todo el primero, a la escuela del Greco; y otro retablo menor, el de la Virgen del Rosario, con una leyenda inscrita en la que se dice que fue donado por José López de Gastea, hijo de Castellar, en el año 1711; si mal no recuerdo, meses después de la batalla de Villaviciosa.
De la hermandad de San Fabián y San Sebastián, cuya fiesta dicen que se viene celebrando en el pueblo desde el año del cólera, allí pueden verse las dos imágenes detrás del altar mayor. Y en sitio preferente la guapa imagen de la Virgen de la Carrasca, un nombre y una advocación parejos a la vida de Castellar de la Muela desde la antigüedad más remota, cuyo fervor se manifiesta de forma masiva cada tercer domingo del mes de mayo, día en el que la comarca se vuelca en romería sobre la explanada que a un kilómetro del pueblo, tal vez algo más, hay por delante de la ermita románica en donde se veneró durante siglos la primitiva Imagen.
Se pueden saber, y de hecho se conocen, muchos detalles del pasado de Castellar, incluso de los poblados que tuvo por vecinos en tiempos que nadie recuerda. La duda surge pensando en su futuro, incierto, aunque previsible, al que no parece sensato augurar lo mejor. Los hombres pasarán -pasaremos- y quedarán las piedras y tal vez los topónimos, los nombres de los pueblos y de las cosas que para eso quedarán escritos; el recuerdo de un tiempo pasado, para tantos lugares tan difícil de acoplar en ese siglo que estrenaremos dentro de poco.
La historia
El nombre de Castellar deriva de que en sus proximidades, en lo que hoy es despoblado de Alcalá, hubo un castillo o torreón vigía de los que en el siglo XII pusieron los primeros señores de Molina para defender el territorio. De entonces es el origen -repoblación de gentes venidas del norte de Castilla- de este pueblo. Ya en el testamento de dona Blanca, quinta señora de Molina, se menciona este lugar, que queda para el caballero de su corte don Lorenzo Sáez. Siguió después, sin embargo, por los reyes de Castilla, y en el Común molinos se mantuvo durante siglos sin conocer apartamiento alguno.
El patrimonio
En el pueblo pueden reseñarse la casa curato de la plaza, típica edificación molinesa con sencillo escudo sobre la portada, que centra una fachada característica. La iglesia Parroquial en lo alto del pueblo, es obra muy sencilla del siglo XVI, sin caracteres artísticos al exterior. Penetrando dentro, sin embargo, el viajero queda sorprendido del barroquismo popular que encierra, pues no queda un solo espacio, por mínimo que sea, sin decorar de colores fuertes y enrevesadas formas. Así, la techumbre toda aparece cubierta de pinturas que representan escenas de la vida de la Virgen, de santos diversos (San Pascual Bailón, San Isidro, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco) de evangelistas, etc. El templo es de una sola nave, con poco acentuado crucero. El presbiterio se cubre de altar mayor barroco, en el que destaca una talla de la Virgen y otras dos de San Sebastián y San Gregorio (que allí llaman «los mártires»). En el crucero se añaden otros dos retablillos, también barrocos populares, uno de ellos con buena talla de San Isidro, patrón del pueblo.
Para los que gustan de encontrar ruinas remotas, el término de Castellar de la Muela es pródigo en despoblados, antiguos rastros, ruinas de pueblos abandonados. Hay que buscar por los campos las ruinas y torreón de Alcalá, el despoblado de los Villares, y la ermita de Nuestra Señora de la Carrasca a la que se llega en coche por buen camino rural. Esta es una construcción de estilo románico, del siglo XII, y que parece indudable fue iglesia parroquial de algún poblado surgido en su torno y ya desaparecido. El templo es interesantísimo y se encuentra bien conservado. Orientado correctamente, muestra a levante su ábside semicircular, con línea de modillones y canecillos bajo el alero, y ventanas aspilleradas en el centro. Al sur aparece un pequeño atrio tabicado, y en su interior está la gran portada de ingreso, de arco semicircular abocinado, con arquivoltas lisas, y capiteles de decoración vegetal. El interior muestra un buen artesonado, de la época medieval, y una gran pila bautismal románica de sencilla decoración geométrica. A los pies del templo, una sencilla espadaña campanario. En esta ermita se celebran romerías de todos los pueblos de los contornos.


Fotos enviadas por: JOSE LUIS ORDOVAS BLASCO