| Altitud: 1.173 m. Censo Habitantes: 22 Distancia de la capital: 122 Km. |
Buenafuente del Sistal |
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El lugar y sus gentes
Ya son dos los monasterios
medievales de esta provincia que, pasados los siglos, han vuelto
a gozar de una utilidad práctica; todo por obra y gracia del
sentido común, tan deplorable y ruin en otros momentos de la
historia. Ahí queda en el recuerdo la infecta ley de
Desamortización, por ejemplo, que tan fatales consecuencias
atrajo al patrimonio español, y muy en concreto al fondo
cultural y artístico de nuestras tierras.
Es ésta la tercera o cuarta vez que acudo a las vegas del alto
Tajo en donde queda, solitaria y en extremo interesante, la
antigua abadía de Buenafuente. Llegarse hasta la hoya en la que
asienta el monasterio es siempre una tarea gratificante. Por
aquellas soledades serranas, a las que uno acude en limpia
mañana de sol, atravesando los campos del arroyo Linares, el
río de la sal, los deseos de quietud, las ansias utópicas de
sosiego, se ven cumplidamente satisfechas.
Desde el bosquecillo de pinos tiernos que asoma en la ladera,
Buenafuente aparece ante los ojos del espectador como un complejo
de edificios, en medio de los cuales destaca el que corresponde
al viejo monasterio. Por detrás las lomas ásperas en las que se
da la sabina incorruptible y el silvestre carrasquillo con el que
curar los males de garganta. Resulta magnífica desde allí la
visión sobre todo el conjunto, recogido en el fondo del valle,
Pero vayamos, poco a poco, hacia el lugar que abierta la mañana
atrae nuestro interés. Hemos dejado atrás a Huertahernando,
aireándose en el altiplano con la espadaña abarrocada de su
iglesia como enseña, allá en esa línea imaginaria en la que la
última Alcarria toma contacto con las tierras bruscas del Alto
Tajo. Quien viaja por aquellos senderos, por las inmediaciones de
Huertahernando camino de Buenafuente, siente algo así como una
remota impresión de vértigo, se imagina encontrarse muy alto,
casi en donde brillan las estrellas, cuando en realidad, aquellos
campos de erial y carrasquillo, de páramo y de guijarrales
lamidos por la escarcha de la última madrugada, no rayan más
allá de los mil cien o de los mil doscientos metros de altura
sobre el nivel del mar.
Entramos al fin en Buenafuente. Es como un pequeño poblado en
donde la gente debe sentirse a gusto. Apenas entrar uno se
encuentra con edificios nuevos, con un tractor que viene y va de
un lado para otro por los alrededores, con ropas tendidas a secar
al sol colgadas de una cuerda. Los residentes -gentes de avanzada
edad como bien sabemos- merodean paseando por los caminos del
entorno.
Me he querido perder, curioseando a mis anchas, por los rincones
que entre muros de nuevas construcciones y viejas paredes
conforman el venerable caserío. Un riconcito de indecible
sosiego me distrae en la lectura de una placa mural: «Al pasar
por estos pueblos, como limosnero del Hospital de Nuestra Señora
de Gracia de Zaragoza, recibí esta ayuda: en Ablanque cinco
fanegas de trigo; en Cobeta dos fanegas en La Olmeda diez; en
Villar doce fanegas; en Buenafuente ocho; en Huertahernando diez;
todas ellas de trigo. Zaragoza 9 de mayo de 1825. Firmado P. Juan
Bonal, fundador de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana.»
Testimonio emotivo para las religiosas que atienden con prontitud
los quehaceres de la residencia; pues pisan y trabajan en lugares
que son parte de la aún joven historia de su congregación.
Por lo demás, todo es aquí historia y evocación de lejanos
tiempos; añosas pinceladas de arte medieval y archivo y
documento del más brillante pasado del Señorio molinés, sobre
lo que ahora volvemos a partir de aquí..
La historia
El origen del monasterio de
Buenafuente es muy remoto. Reconquistada la zona por las tropas
del reino de Aragón, quedó por señor de toda la comarca el
magnate y cortesano castellano don Manrique de Lara, y en su
mente surgió la idea de la colocación de algunas
casas-conventos en la orilla derecha del rio Tajo, que sólo sus
sucesores llegaron a materializar.
El primer documento relativo a Buenafuente data de 1176. En ese
año, ya habían asentado en este lugar los canónigos regulares
de San Agustín, procedentes de la abadía de Monte Bertaldo, en
Francia. Desde ese momento, los monjes-guerreros comienzan a
levantar templo y convento, conforme a un estilo arquitectónico
plenamente heredado del románico francés meridional.
Adquirieron, por donaciones de los señores molineses y de otros
particulares, algunas posesiones en el páramo molinés: el conde
don Pedro Manrique de Lara les donó en 1176 las salinas de
Anquela.
En 1234, el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada,
adquirió por compra el monasterio y sus términos, en trato
directo con las jerarquias agustinianas de Monte Bertaldo. Su
idea era, una vez en los dominios de la mitra primada toledana,
colocar alli un monasterio cisterciense, por los que él sentía
predilección tanta. En 1242, el arzobispo se lo cedió a doña
Berenguela, hija de Alfonso VIII y madre de Fernando III, con la
condición de poner allí un convento de monjas de la advocación
de la Santísima Virgen. Para entonces ya no estaban los
canónigos que durante casi un siglo lo habitaron.
Doña Berenguela lo cedió a su hijo don Alonso, señor de Molina
por estar casado con doña Mafalda, hija del conde don Gonzalo
Pérez de Lara. Y es este infante don Alonso quien al año
siguiente, en 1243, se lo vende en 4.000 maravedíes alfonsíes a
su suegra doña Sancha Gómez con la expresa condición de poner
en él «duennas en la Orden de Cistel». Solventadas ciertas
dificultades jurisdiccionales, en agosto y octubre de 1246
extendió doña Sancha Gómez dos documentos por los que cedía
al abad de Huerta el monasterio de Buenafuente con todas sus
pertenencias y amplio territorio. Fueron traídas monjas de
Casbas, en Huesca, para su primitivo habitamiento, y en pocos
años surgió, gracias a la ayuda de los condes, obispos de
Sigúenza y abades de Huerta, el monasterio de la Buenafuente del
Sistal casi como hoy lo conocemos.
Desde el primer momento fueron dueñas las monjas de Buenafuente
de un extenso territorio y abundantes preeminencias en el
Señorío de Molina. Sería interminable hacer relación de las
donaciones que durante los siglos XIII y MIV acrecentaron el
poderío de Buenafuente, hasta hacer de él un verdadero feudo
dentro del que ya de por sí constituía el Señorío molinés.
Por otra parte, las concesiones reales (de Fernando IV y Alfonso
XI) de posesión de excusados renteros que trabajen las tierras
del monasterio sin obligación de tributar al Estado, contribuyó
a la creación de un regular núcleo de población en torno al
cenobio, y que ha llegado hasta nuestros días, después de haber
quedado casi desierto hace unos 30 años.
En los días de la Guerra de la Independencia, las monjas
debieron huir de su cenobio, que fue destrozado en gran parte por
los franceses. La posterior desamortización (1835) no supuso su
abandono, pero sí la pérdida de casi todas sus propiedades.
Aunque en 1971 sufrió una grave crisis que a punto estuvo de
hacerle cerrar sus puertas para siempre, el tesón de sus monjas
y su capellán, el popular don Angel Moreno, hicieron brotar el
prodigio histórico de permanecer, de ser todavía abierto puerto
de paz y calma en el mundo de hoy. Ahora es Buenafuente un punto
de encuentro, espiritual y humano, de miles de personas, en una
experiencia inigualable de convivencia cristiana.
El patrimonio
Arquitectónicamente, lo más
interesante que posee es su iglesia conventual, construida en el
siglo XIII dentro de un estilo románico que desentona del que
estamos acostumbrados a encontrar en nuestra provincia. Es una
iglesia de grandes proporciones, con una sola nave cubierta de
altísima bóveda apuntada reforzada por arcos formeros, que en
un principio estuvo totalmente aislada del monasterio. Es
estilísticamente un trasunto fiel del estilo cisterciense
francés que desde el siglo anterior se extiende hacia el sur
desde el centro de Francia. El templo remata en su cabecera con
un ábside cuadrado escoltado por un par de fortísimos machones,
y en su muro surgen dos ventanales estrechos del mismo estilo.
Sendas portadas románicas, de arco semicircular con arquivoltas
baquetonadas que descansan sobre capiteles foliados, sirven de
ingreso al templo: una por el norte (hoy al exterior) y otra al
sur (que se admira desde dentro de la clausura). La bóveda del
presbiterio o capilla mayor muestra restos de pintura en los que
fácilmente se adivina un Pantocrator rodeado de los cuatro
Evangelistas.
Otras muestras artísticas de interés son el Cristo de la Salud
que se conserva en la Capilla de su nombre, junto a la primitiva
fuente que brota de la montaña. Esa talla de Cristo es de estilo
románico, y constituye, sin duda, la más patética y
enternecedora muestra de la escultura románica de la provincia
de Guadalajara. La iglesia posee diversos altares: el retablo
principal es barroco, mostrando santos y santas de la Orden del
Císter, lo mismo que otro lateral del mismo tema, y otro más
con una buena pintura de San Bernardo. Los enterramientos de las
infantas (doña Sancha Gómez, la fundadora, y su hija doña
Mafalda) que desde su muerte en el siglo XIII estuvieron situados
en el centro de la iglesia hasta 1765, se han colocado ahora en
un arca, dentro de una hornacina en el muro del templo. El coro
alto de las monjas, desmontado, luce ahora con su sillería en el
presbiterio. Es obra todo ello del siglo XVI, interesante. Su
archivo documental es importantísimo, y puede visitarse,
admirando en él antiguos pergaminos y sellos de los reyes de
Castilla que ayudaron notablemente a este monasterio de
Buenafuente del Sistal.