| Altitud: 1.291 m. Censo Habitantes: 70 Distancia de la capital: 128 Km. |
Torremocha del pinar |
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El lugar y sus gentes
Hace solo un instante que hemos entrado en
la sexma del Sabinar por la carretera de Molina. Las sabinas son,
en efecto, la especie arbórea más frecuente que se ve al andar
por aquí en varios kilómetros a la redonda. Los pinos, que dan
sobrenombre a Torremocha, se ven más allá, al otro lado del
pueblo.
El antiguo lugar de campesinos y ganaderos, de leñadores y
empleados en la extracción de resina, queda ligeramente apartado
de la carretera principal que sigue hacia Molina. El sentido del
viaje lo marca un indicador que apunta a un ramal estrecho y
complicado, a una cinta de asfalto que va salvando terreno entre
el bosque de sabinas. Torremocha, muestrario a pleno sol de casas
encaladas y tejados rojizos, aparece al cabo como en el fondo de
una leve caldera limpia de vegetación. En los ejidos, el
recuerdo del pasado se hace patente como en casi todos los
pueblos: las tablas de un trillo de pedernal hechas pedazos; el
cadáver oxidado de una aventadora; las casillas de las eras que
fueron graneros, o pajares, o almacén de aperos, testimonio
apenas de un tiempo que se fue... Y luego el pueblo. La Plaza
Mayor, esbelta y alargada, donde concurren en una y otra acera
todos los edificios de interés común: la Casa Consistorial, la
iglesia parroquial de San Benito, que hoy tan poca gente usa
porque no la hay.
Falta el viejo olmo concejil en la plaza de Torremocha. Hace
algunos años que murió cuando la epidemia. Lo llegué a conocer
en una mañana de verano, cuando su sombra frente a la fachada de
la iglesia era un puro refrigerio. Ya estaba herido de muerte por
entonces. Ahora es un arbolillo sin cuerpo ni espíritu lo que
tienen allí ocupando su puesto, un ternasco que no acaba de
cuajar. La triple grada redonda, en escalón, de piedra rodena
sobre la que los más viejos del lugar por aquel entonces
montaban sus tertulias cada mañana, sigue estando en su sitio,
pero expuesta al sol sin piedad del medio día.
Aunque es muy escaso su número de habitantes, como ya se ha
dicho, el pueblo, sus calles, sus edificios, esta grandiosa plaza
del ayuntamiento, rezuman señorío. Una farola capitalina de
tres brazos se alza en mitad, sobre artístico pedestal de
sillería con formas trabajadas. El reloj del campanario marca
una hora precisa; las palomas merodean alrededor. El moderno
edificio del centro social, sólido, elegante, acorde con el del
ayuntamiento que tiene en la otra acera, apenas contrasta a la
sombra de la media mañana con la luminosidad general de la
plaza, mientras que el juego de pelota, allá al fondo, saca su
corpachón verde sobre la pista, rogando al dios de lo imposible
que alguien se acuerde de que está allí, que los chiquillos
griten y correteen a sus pies, y suene el golpe de la pelota al
impactar en seco sobre su limpia superficie. La plaza está sola.
No he visto siquiera en la solana al cada vez más reducido grupo
de abueletes que en las aceras de las plazas se juntan a tomar el
sol, y a fe que el día lo pide.
Es un pueblo limpio y bien cuidado éste de Torremocha. Las
calles, varias de ellas en cuesta para subir a la plaza,
permanecen envueltas en el mutismo más absoluto. El bosque de
pinar joven, en las laderas de al otro lado de la vega, parece
que con su verde tupido acrecienta esta quietud. De vez en cuando
se oye lejano el ladrido de un perro, el cacareo descompasado de
las gallinas en cualquier corral próximo, el zurar de las
palomas en el campanario.
En la Plaza del la Fuente se siente caer el chorro sobre el
piloncillo que comunica con el abrevadero a la sombra de unas
acacias. Muchas de las casas han sufrido por aquí un serio
retoque. En cualquiera de estas viviendas modernizadas, o mejor
dicho, en cualquiera de las casas antiguas sobre cuyo solar
debieron de edificarse éstas, o sus antecesoras, de nueva
planta, pudo haber nacido, allá por las primeras décadas del
siglo XVI, Fray Pedro de Torremocha, religioso muerto con fama de
santo en la ciudad de Molina el año 1576.
Fue famosa en toda la comarca, y multitudinaria en asistencia, la
romería al santuario mariano de la Virgen de Montesinos en la
víspera de la Ascensión de cada año. También es hoy motivo de
añoranza todo aquello, como lo sigue siendo su fiesta patronal
de la Virgen del Rosario, el primero domingo de octubre, llevada
hoy por motivos de asistencia al corazón de agosto.
El cambio previsible para tantos pueblos de Guadalajara en un
corto periodo de tiempo, lo tenemos cumplido en Torremocha del
Pinar ya en este momento. Habitáculo de solaz para las horas de
descanso, para las temporadas de ocio como una necesidad vital al
amparo de una naturaleza saludable, de un paisaje diverso,
magnifico, donde gozar del ambiente que reclama nuestra
condición en aquellas mañanas y aquellas tardes tórridas, con
olor a asfalto y a tienda de comestibles, en los veranos de la
ciudad.
La historia
Su origen es indudablemente como aldea
de la repoblación, en el siglo XII que vio la formación del
Señorío de Molina. Se situó junto a algún castillo o
torreón, quizás elevado por los árabes, y que ya por entonces
estaba "mocha" o caída. Hoy no quedan restos de dicha
fortaleza.
El patrimonio
El pueblo es de edificios relativamente modernos, con sillar
firme construidos, bien cuidados, urbanizado perfectamente. Sobre
la plaza mayor, la iglesia parroquial, que sólo conserva en su
portada, incluida dentro de un atrio estrecho, ciertos rasgos
medievales, románicos rurales, mientras que el interior no
ofrece nada llamativo, a excepción de un altar lateral,
pequeño, con pinturas sobre tabla, y que expresa haber sido
pintado por don Juan Bautista de Losa y Alcázar, clérigo
cifontino que vivió en el siglo XVII, y que fundó diversos
oratorios de San Felipe Neri en la provincia de Guadalajara
(Cifuentes, Molina, etc.) Algunos pairones y ermitas se
distribuyen en el término, con sus presencias populares.
En este término se encuentra, centrado un recóndito y
magnífico valle, la finca de Arandilla, donde nace el río del
mismo nombre, que luego de atravesar el encantador barranco de
Montesinos, por Cobeta, dará en el Gallo. En este lugar de
Arandilla fundaron los condes de Molina, concretamente don Pedro
Manrique de Lara, un monasterio de la Orden del Cister, a finales
del siglo XII, con objeto de instalar allí su panteón familiar.
No se pudo llevar a cabo tal fundación, y se entregó el
conjunto al monasterio cisterciense de Santa Maria de Huerta.
Allí se enterraron finalmente, los Laras molineses, y aquí en
Arandilla tuvieron, durante largos siglos, una granja, ermita y
casa de retiro y descanso, los monjes blancos de Huerta. La
ermita se llama de San Bernardo, y aún posee algunos altares de
corte popular. La finca se preside por un solemne caserón del
siglo XIX. El paisaje es encantador, y bien merece todo ello una
visita despaciosa.