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Altitud: 1.254 m. |
Maranchón |
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El lugar y sus gentes
Aires de pueblo distinguido soplan en Maranchón desde su misma entrada. Hablar de Maranchón es comprometerse en cierto modo con un pueblo que se sale con mucho del manido campo de la mediocridad. A la entrada del pueblo, sin haber llegado a él, nos saluda con la elegancia altiva de sus tres torres: la de los Olmos, tras el espeso ramaje de los árboles que rodean a la ermita; la del Reloj, y la torre parroquial que se deja ver hasta su mitad tras el declive del Torojón y del Altollano.
En Maranchón, la calle principal, la de los bares, los establecimientos bancarios y la estación de servicio, coincide con la carretera de paso hacia Molina que divide al pueblo en dos mitades. En ambas hay fachadas artísticas, señoriales, de rica y elegante arquitectura; verdaderos palacetes que uno dificilmente recuerda el haber visto algo semejante en algún otro lugar de la provincia. Mansiones que hablan, con el expresivo mutismo de sus formas y de sus piedras, de un pasado todavía reciente que desapareció, nadie lo diría, por obra y gracia del progreso, de la modernidad, de las nuevas maneras de vivir que impusieron la tracción mecánica en el cultivo de los campos, prescindiendo definitivamente en menos de un quinquenio de la fuerza animal, y en Maranchón gran parte del vecindario eran muleteros o vivían, directa o indirectamente, del trato y compraventa de caballerías como animales de labor.
En su obra «Narváez», don Benito Pérez Galdós resume de esta manera la condición de aquellos hombres, preparados, por lo que se ve, para ganarse la vida fuera de su ámbito ordinario de residencia: «Son éstos habitantes del no lejano pueblo de Maranchón, que desde tiempo inmemorial, viene consagrado a la recría y tráfico de mulas. Ahora recuerdo que el gran Miedes veía en los maranchoneros una tribu cántabra de carácter nómada, que se internó en el país de los «Antrigones y Vardulios», y les enseñaba el comercio y la trashumancia de ganados. Ello es que recorren hoy ambas Castillas con su mular rebaño, y por su continua movilidad, por su hábito mercantil por su conocimiento de tantas distintas regiones, son una familia, por no decir raza, muy despierta, y tan ágil de pensamiento como de músculo... » Veamos en ellos, en su manera de ser y de desenvolverse, a los maranchoneros de un siglo atrás, cuya actividad mercantil en ese sentido llegó, pienso que brillantemente, hasta hace tan sólo un par de décadas; justo el tiempo en el que la maquinaria asentó sus reales en nuestros campos de manera total y definitiva. La manufactura, elaboración y compraventa de cera virgen, también ha sido en el pueblo una actividad importante hasta hace muy poco, aunque menos generalizada.
Cuenta como estampa muy personal en su folclore el baile de «el pollo», en otro tiempo popular y festivo entre la juventud maranchonera, y ahora pieza de exhibición bastante frecuente entre los grupos folclóricos de la Provincia; y entre sus devociones más auténticas y arraigadas, la que en el pueblo tributan a su patrona, la Virgen de los Olmos, con fiestas en su honor el día 8 de septiembre, donde fue, y sigue siendo costumbre, invitar a la ceremonia religiosa del día a los más destacados oradores sagrados y más competentes teólogos del país. En el bello santuario que se alza en las orillas, recibe la Madre Común la visita diaria de los hijos del pueblo, residentes o ausentes, que a menudo acuden ante su presencia por devoción.
A pesar de su decadencia, tanto en actividad comercial como en número de habitantes por razones ya dichas, Maranchón conserva en su prestancia como municipio, en el recuerdo presente siempre de lo que fue, un prestigio evidente, que, sin duda, se ha visto favorecido por su situación como lugar de paso. Al ayuntamiento de Maranchón se agregaron hace años los pequeños consistorios y términos municipales de Codes, Clares, Balbacil y Turmiel, ahora lugares de sus contornos todos ellos en calidad de anejos.
La historia
Maranchón perteneció, desde la reconquista, al Común de Villa y Tierra de Medinaceli, y desde el siglo XV, estuvo bajo el señorío de los La Cerda, grandes duques de Medinaceli. Cuando durante el siglo XVIII este pequeño lugar fue tomando incremento en su actividad comercial, y aumentando progresivamente su número de habitantes, solicitó ser eximida de la jurisdicción de la villa soriana, consiguiéndolo en 1769, mediante cédula de Carlos III que le concedía el título de villa por sí, pudiendo ostentar justicia propia, y colocando de inmediato una «horca» en el cerro del Llano, y una «picota» con una cruz de hierro y cuatro escarpias, en el lugar denominado Las Heras.
En general la población comenzó a dedicarse por entonces a la trata del ganado, muy especialmente al mular, recorriendo lugares los más diversos de España, con sus mercaderias y reuniendo grandes cantidades de dinero, que muchos aplicaron a construir grandes casonas en su pueblo.
Por privilegio de Carlos IV, Maranchón contó desde comienzos del siglo XIX (1806) con mercado semanal los viernes, y gran feria anual del 8 al 12 de septiembre, que pronto se convirtió en una de las más famosas y concurridas de España. El crecimiento más notable de Maranchón ocurrió en la segunda mitad el siglo XIX y primeros años del XX se construyeron numerosas viviendas conforme al estilo más moderno, de varios pisos todas ellas; algunas con patios o atrios delanteros, múltiples adornos en sus fachadas, grandes portones de piedra sillar y todo tipo de comodidades en su interior. El Ayuntamiento, muy rico, urbanizó perfectamente la villa, trazó calles, una gran plaza Mayor, un amplísimo recinto para el mercado semanal, un magnífico Ayuntamiento con torre y reloj de hierro, jardines públicos, una gran plaza de toros y muchos otros detalles que conferían a Maranchón el rango de una pequeña capital de la zona más alta del ducado. La mecanización de los últimos años hizo que el negocio de la trata de mulas perdiera su prosperidad, por lo que la inmensa mayoría de los maranchonenses emigraron, y, aunque todavía ricos y con prósperos negocios, la vida en el pueblo ha quedado apagada, y recorrer sus calles desiertas, contemplar sus magníficos edificios abandonados, supone un espectáculo fantasmal y triste.
El patrimonio
La iglesia parroquial, es obra moderna, del siglo XVIII, y presenta fuertes y cerrados muros de mampostería, con alta torre a poniente rematada en chapitel metálico. La puerta de acceso es muy simple, con arco adovelado, y en su interior pueden admirarse diversos retablos de época barroca, que forman un conjunto agradable de contemplar e interesante de tener en cuenta al considerar el arte de esta época, siglo XVIII, en el antiguo territorio de Medinaceli.
A poniente de la villa, no lejos de su caserío, y en un lugar de amables perspectivas, en un entorno arbolado, se levanta la ermita de Nuestra Señora de los Olmos, patrona de Maranchón, por la que todos sus naturales y vecinos sienten gran devoción. Dice la leyenda que en el año 1114, aproximadamente cuando la reconquista a los moros de la comarca, se apareció la Virgen encima de una sabina, y llevando en la mano un ramo de olmo, a un ganadero del lugar, y desde entonces, los maranchoneros, procuran estar en su pueblo el 8 de septiembre, la fiesta grande, a honrar a su Virgen de los Olmos, llegando allí desde cualquier parte, por muy lejana que fuese, donde estuvieren. El antiguo santuario fue reconstruido en el siglo XVIII, levantando el que ahora existe, con una torre rematada en gracioso chapitel de reminiscencias orientales.
Personajes
Entre los hijos ilustres de Maranchón cabe señalar a don Juan Bautista Sacristán y Martínez-Atance, que nació en la alta villa el año 1759, y llegó a arzobispo de Santa Fé de Bogotá. Cronistas de la villa han sido, en el pasado, José Sanz y Díaz, y actualmente José Ramón López de los Mozos, habiendo dejado ambos gran cantidad de investigaciones y escritos sobre la historia y el costumbrismo de Maranchón, un lugar con gran interés en el devenir provincial.

